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Reportaje

Alianzas femeninas en el baño de un cabaret

En una noche de salsa en Ciudad de México, la documentalista española Laura Herrero Garvín encontró la génesis de su segundo largometraje, La Mami

Por Janina Pérez Arias

Collage: Ms. Who? Magazine

A Laura Herrero Garvín le encanta bailar salsa, pero nunca se imaginó que el tema para su próxima película lo encontraría, precisamente, en una noche de bailes caribeños en Ciudad de México.

Cuenta la cineasta que en enero del 2015 unos amigos la llevaron al Barba Azul, un cabaret con música en vivo y más de 60 años en activo. La aureola de un lugar mítico, de haber vivido tiempos mejores, se siente prácticamente en cada esquina. Pero no fue la sala con la música y el baile donde la cineasta vio la génesis de su proyecto cinematográfico.

El objeto de su próximo documental lo hallaría escaleras arriba, en el baño. Allí, Laura vio algo, y a alguien, que le fascinó y quiso entender. Le llamó la atención la señora que custodiaba y controlaba lo que sucedía en el lavabo y a quien las ficheras, esas mujeres que trabajan en el cabaret, le llamaban La Mami.

“Una de las chicas subió y le dijo: ˈMami, este hombre me pidió matrimonio, me encanta, ¡le voy a decir que sí!ˈ”, recuerda la cineasta. “La Mami le dijo ˈmira, te pide matrimonio cada semana, este hombre no es de fiar, tú vas tomada, espérate un ratito aquí conmigo y ahora bajasˈ”.

La Mami es Doña Olga, una mujer bajita, en sus 60 años, con la sabiduría reflejada en el rostro y que sólo dan los golpes de la vida. “Entendí qué tan importante era el papel que ella (La Mami) ejercía en ese espacio, que era el sostén, como el pilar”, comenta Laura, “pero a la vez era la cuidadora de la energía del lugar, era como el ama de llaves de este espacio que de alguna forma es sagrado, ese espacio de las alianzas femeninas del baño de mujeres”.

Las ficheras no son prostitutas. Esta afirmación era muy importante dejarla clara, así como el sentido del trabajo de esas mujeres que sufren el estigma de la sociedad mexicana. 

Aquella noche en el lavabo del Cabaret Barba Azul nació lo que sería el documental La Mami (2020). Sobreponiéndose a la fascinación inicial, Laura relata el momento en el que se le acercó a Doña Olga. Le dijo que se dedicaba a contar historias y que le apetecía entender qué era todo aquello que sucedía cada noche en el baño de mujeres de ese cabaret.

Lograr la naturalidad y honestidad que se sienten a lo largo de los 80 minutos de este documental es el resultado de tres años de trabajo. “Fue un proceso de mucho tiempo y de ganarme la confianza muy poco a poco, con mucho respeto, entendiendo que ellas no tenían por qué salir en la película si no querían, y yo no tenía que insistir”, explica la realizadora sobre el acuerdo al que llegó con las 25 mujeres que trabajan en ese local nocturno.

El trabajo de las ficheras existe desde 1930, el cual consistía en mujeres que trabajaban en los cabarets para hacerle compañía a los hombres, así como también para bailar y beber con ellos. Los hombres les entregaban una ficha por cada bebida y por cada baile, y al final de la jornada las mujeres canjeaban esas fichas por dinero. De allí el nombre de “ficheras”.

Las ficheras no son prostitutas. Esta afirmación era muy importante dejarla clara, así como el sentido del trabajo de esas mujeres que sufren el estigma de la sociedad mexicana. El pasado de Doña Olga es similar al de muchas de las ficheras, mujeres que encuentran en esta actividad nocturna una salida laboral: hace 45 años La Mami comenzó a trabajar como fichera para costear los gastos de hospitalización de sus hijas.

En el documental La Mami nadie habla a la cámara, no hay entrevistas, nadie saca conclusiones ni da lecciones.

Además de las formalidades de cambiarse el nombre, de maquillarse y vestirse cada noche, a Laura - quien vivió durante 8 años en México - hubo una cosa que le sorprendió: los rituales religiosos.

“La noche es tan confusa y tan movida que la santería les ayuda mucho a colocarse en lugares, a encontrar razones, a apoyarse en eso”, trata de explicar. “Hay algo muy curioso, que ellas juegan con diferentes santos. Está Dios, que no recurren tanto a él pero lo consideran; la virgen de Guadalupe que en México es ultra sagrada, es la madre, la matriarca, símbolo de la madre y a ella le piden por cosas como más familiares, por los hijos, los estudios, que tengan salud. Luego está la Santa Muerte que es una santa que no tiene moral y a ella le pueden pedir lo que sea porque no les juzgará”.

En el documental La Mami nadie habla a la cámara, no hay entrevistas, nadie saca conclusiones ni da lecciones. Laura Herrero Garvín nos mete en el lavabo del Barba Azul pero muy pocas veces nos lleva a la pista de baile o a través de las mesas donde las chicas aguardan por clientes.

A lo largo del tiempo y a medida que se adentraba en los dominios de La Mami, la cineasta también fue afinando su mirada y puliendo lo que quería contar.

“El arte del documental es también el arte de dejarte llevar. Lo que surge al final tiene que ver mucho con lo que quiero contar, pero también con la relación que se establece con quien observo”.

“Recuerdo que en un inicio yo tenía una conexión un poco más naíf con el proyecto, era una onda más de entender las alianzas femeninas (…) cuando va pasando el tiempo y vas profundizando, las historias se vuelven más complejas”. Laura se dio cuenta de que las cosas son, en simultáneo, buenas y malas, como también son dulces y amargas.

“Empiezas a entender que todo tiene aristas, que no todas las alianzas femeninas son positivas y bonitas, eso es super importante a la hora de contar una historia humana”, analiza la directora y guionista.

Después de sus estudios de Ingeniería de Telecomunicaciones, Laura decidió dedicarse al cine, por lo que se formó en Documental en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Tras su primer largometraje El remolino (2016), con La Mami la realizadora española se reafirma como una documentalista que va detrás de la verdad en cada uno de sus objetos de estudio.

“El arte del documental es también el arte de dejarte llevar. Lo que surge al final tiene que ver mucho con lo que quiero contar, pero también con la relación que se establece con quien observo”, afirma. “Siempre digo que el documental es lo que surge entre la directora, o sea quien está detrás de la cámara, y la persona que está delante de la cámara… y en un lugar intermedio surge la película”.

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